Rituales a la Adultez

20 junio, 2024

Auto Biografía de un Yogui y Rock and Roll

Hace 12 años de esta foto, y te voy a revelar un pequeño secreto: estaba en pleno ritual de transición hacia la adultez. ¿Qué es un ritual hacia la adultez? Permíteme contarte…

Cuando somos niños, nuestros familiares y allegados nos tratan como a pequeños reyes en el trono. Nos dicen palabras bonitas, nos cuentan las grandes hazañas que podremos realizar cuando seamos mayores. Exaltan nuestras bondades y, si tenemos suerte, nos ponen límites sanos. Nos protegen de las maldades del mundo, nos dan de comer, nos compran ropa y, en definitiva, protegen nuestra inocencia.

¿Qué significa ser inocente? La inocencia sana significa estar exento de culpa, y eso es maravilloso cuando ha habido un trabajo personal. Sin embargo, en la mayoría de los seres humanos, durante la infancia, termina significando estar exento de responsabilidad. Es decir, no nos responsabilizamos de nuestra supervivencia y, por lo tanto, de nuestra vida.

Un ritual hacia la adultez es aquel en el cual nos exponemos a las energías densas de la realidad: el peligro, los arquetipos malignos encarnados en seres humanos, experiencias cercanas a la muerte, experiencias que nos hagan sentir libres y, en definitiva, nos exponemos a la soledad ante lo desconocido. Es en esas situaciones extremas donde podemos sentirnos responsables de nuestra supervivencia y darnos cuenta de nuestra verdadera capacidad para responsabilizarnos de nuestras acciones, pensamientos y palabras.

En esta foto, estaba a medio día de sufrir uno de los eventos que marcarían un antes y un después en mi vida: un accidente de moto en el cual caí por un terraplén de 20 metros al río Tsarap, situado a 4200 metros de altura en la cordillera del Himalaya. Iba a una velocidad de 80 km por hora, lo sé porque mi moto no podía alcanzar más debido a la falta de oxígeno a esa altura. Estaba distraído, observando el paisaje lunar. Llegó la curva y frené como siempre, sin darme cuenta de que las nevadas del invierno habían cuarteado el asfalto y lo que debería ser asfalto no era más que pequeñas piedras resbaladizas. Caí.

Además de doblar la horquilla de mi Royal Enfield y dañar mis instrumentos de música, me rompí tres costillas y me abrasé parte de la mano. Después de estar, lo que calculo, 20 minutos inconsciente, como pude, levanté la motocicleta que todavía estaba encendida y, con la motocicleta completamente doblada, conseguí salir al pequeño camino de grava. Mirando atrás, observé que había una estación militar que controlaba la frontera con China.

Al llegar, todos los militares estaban borrachos, excepto, por suerte, el enfermero encargado de la estación. Todos reían y me daban palmadas en el hombro, acostumbrados a que cada mes algún viajero sufriera un accidente, ya fuera en moto o en coche. Algunos sobrevivían y otros no. Se reían porque había tenido suerte, y me decían que debía sentirme alegre por estar con vida.

El enfermero me atendió amablemente y me dijo que tenía que llegar en menos de dos días a Leh. Necesitaba penicilina porque, a esa altura y con la falta de oxígeno, mis heridas no se curarían y podría coger fiebre.

Una vez atendido y curado, salí de la tienda de enfermería. Me subieron a la parte trasera de un camión militar que pasaba en ese momento, junto con mi moto. Tardé 24 horas en llegar a Leh y al hospital. Recuerdo esas 24 horas como las más bellas y agonizantes de mi vida. Cada respiración, que dolía por las costillas rotas, era una invitación a estar en el momento presente y prestar atención a cada movimiento que hacía. Lo que más recuerdo son las estrellas que se veían desde la parte trasera de ese camión y las risas de los militares borrachos que iban a bordo, celebrando la vida. Allí, todo el mundo estaba sobreviviendo y cada uno se responsabilizaba de sí mismo. Se celebraba la vida en condiciones que no eran del todo amables.

He de admitir que mantuve la calma durante todo el viaje y que mi cuerpo se mantuvo fuerte y entero. Fue al llegar a la habitación del hospital y al sentirme a salvo que todo mi cuerpo empezó a temblar desde un lugar muy profundo durante más de una hora. Toda la tensión de la experiencia vivida empezó a liberarse en ese momento y, junto con ella, estoy seguro de que salieron tensiones que venían de un pasado.

Visto desde quien soy ahora, esa experiencia fue un verdadero ritual hacia la adultez, donde dejé de ser como un niño en el trono, que no es responsable de sus acciones, y comencé a responsabilizarme de mi vida y mis decisiones.

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