León bajo la Luna
Sentirse como un león bajo la luna
no es rugir, ni correr detrás de gacelas imaginarias,
sino bostezar con dignidad cuando el mundo se termina,
y no pasa nada.
Es saberse rey de un territorio que no tiene cercas,
ni selvas, ni cronómetros.
Es dejar que la melena escuche el viento
y que el viento cuente secretos
que sólo la luna conoce.
La luna, sí.
Esa señora blanca que no duerme,
que se cuela en la sangre
y ordena mareas emocionales
en los rincones donde nadie barre.
Ser león es seguir el impulso
como quien se lanza a un charco sin saber nadar,
y flotar, porque sí.
Porque hay algo valiente
en confiar en lo que no se entiende.
Ser león es rugir hacia adentro,
como quien se traga un trueno
y lo convierte en fuego interno.
Y mientras tanto, la luna.
Mirando.
Testigo plateado de una realeza que no pide permiso.
Ella, reflejo de la parte que cuida,
que llora en secreto,
que lame heridas como lenguas de madre felina.
Soy ese león que bosteza al final del día,
con el estómago lleno de tiempo,
y la conciencia dormida sobre una piedra tibia.
Soy ese león.
Bajo la luna.
Y no necesito más.
Un abrazo, Pablo